martes, 8 de mayo de 2018

Soquetes

Hay una oscuridad que es casi total. Casi. En realidad, depende del campo de visión que configura mi postura, no llegando, en ningún caso, al blackout. Estoy acostado sobre mi lado de la cama. El más cercano a la puerta del dormitorio. Vuelto sobre mi lado derecho, de cara a la mesita de luz, y en posición levemente fetal, puedo ver que está cerrada. No necesito moverme para atisbar la mitad superior de la puerta. Para ver la parte inferior, en cambio, tengo que estirar un poco el cuello. Es lo que hago. Estiro el cuello y observo. Dejo pasar unos minutos y lo vuelvo a hacer.
Dos, tres.
Cuatro veces.
Y así.
Tras la aparente trivialidad de ese mínimo acto hay, claro, una inquietud. Hay algo puntual que estoy vigilando. O que me vigila a mí. Quizás sea fácil de deducir. Lo que observo así, como llevando registro de la evolución de un fenómeno X en un intervalo de tiempo Y, es la franja luminosa que separa -visualmente- a la puerta del piso. Es decir que hay, al menos, una luz encendida afuera de esta habitación. Mis ojos están atentos a cualquier variación que pueda alterar (ya sea profundizando, ya sea rompiendo) el minimalismo que ordena la escena. Poca cosa -pienso- puedo esperar al respecto. Desde acá. Desde la cama. Siempre refiriéndome a aquello que pueda emerger al plano de lo perceptible. Podría haber alguna oscilación lumínica. Alguna leve, fugaz ondulación sobre aquella vara brillante que denote algún movimiento del otro lado.
O tal vez podría extinguirse. Apagarse.
Esto, sin dudas, dispararía una metralla de interrogantes que revolverían las aguas de esta tensa calma en la que aún persisto. Es claro que mi atención se dirige, de manera refractaria, a lo que sea que esté ocurriendo en aquella caja de Schrödinger. Algo, allí, está vivo y muerto. Lo que hay abajo de la puerta es, a fin de cuentas, una sinécdoque, un renglón que brilla como el filo de una navaja.
Un indicio.
Pero también un espejo.
Estiro el cuello y miro. Una y otra vez. Espero ver una ondulación. Una brisa que sople suave sobre la flama de la vela. Aguardo un click y un ulterior, casi inmediato, blackout. Un sonido que se cuele por la hendija.
Nada de eso ocurre.
Es entonces, cuando me veo reflejado en el filo de la navaja. No es literal. El hilo luminoso de debajo de la puerta se vuelve espejo. Y allí me veo. Construyo una imagen, un cuerpo a mi semejanza. Un espantapájaros. Del otro lado de la puerta. Porque no puedo con la quietud. Porque deviene suspenso. Porque ese oscuro remanso hace reverberar los latidos que sacuden las aguas de mi tensa calma. Me altera no saber qué pasa del otro lado. Mi mecánica racional se contamina de emoción. Entonces, pienso que lo más razonable es que, allí, esté ocurriendo lo mismo que aquí. Porque, a esta altura, es evidente que aquí dentro está ocurriendo mucho más de lo que puede sugerir la quietud de este oscuro y silencioso remanso.
Hay ecos que todavía resuenan.
Mi cabeza misma es una caja de resonancia. Es insoportable.
Pero también las paredes. Las paredes son esponjas. Ahora están embebidas de simbólica humedad. Si las miro me ensordecen. Pienso en ello. Me doy cuenta: estoy en guardia. Espero el impacto. La ranura luminosa es un ojo que me acecha. Es indicio, espejo. Y ojo acechante.
Espera algo de mí.
Será mi demonio mientras esté allí, refugiado en la sombra, esperando el impacto. Hasta que salga de mi guarida. Pienso: tal vez la caja de Schrödinger sea esta. Y yo sea el gato. Pienso de nuevo. Quizás mi demonio sea esta paradoja. Esta insoportable dualidad. El ojo acechante. La delgada linea luminosa. Que me observa y me define con su mirada. Vivo y muerto. Ojo y espejo.
No quiero que la puerta se abra si no lo hago yo.
Porque, quizás, entonces, el ojo me vea un poco muerto.
Un poco roto. En algún sentido. La metáfora habla de salir a la luz. Y no viceversa.
El crujido del sommier al incorporarme en la cama me erizó los pelos de la nuca. Ese pequeño desgarro sobre la superficie del silencio es la primera alteración de la escena que tan en vilo me tuvo hasta entonces.
Me dio miedo.
Aguardo el golpe, la respuesta. La consecuencia.
Dos segundos.
Nada.
Ya estoy resuelto, pienso, mientras pateo sin querer unos soquetes de mujer, llego a la puerta y tomo el picaporte.

No hay comentarios: