martes, 17 de julio de 2012

23.46

-…al principio era jodido. Bueno, sigue siendo jodido tocar ahora… pero éramos pendejos, yo era un pibe, no sabíamos tocar, no nos junaba nadie, recién había pasado lo de Cromagnón, viste. Era… todo un tema…

Hacía casi una hora que el muchacho estaba en su casa y un rato un poco más corto que prácticamente se limitaba a escucharlo hablar, asentir, reir distraídamente o perforarlo con los ojos. Para entonces ya habían recorrido, de manera casi burocrática y con amenidad algo impostada, los tópicos que se tocan cuando dos personas se conocen y quieren sacarse de encima rápido esos temas, digamos, reglamentarios y que precisamente sirven para ir conociéndose. Ella era su supervisora, pero igual ahora podía quedarse tranquila porque, si bien por eso mismo ya lo sabía, ahora había escuchado de boca del flaco que hacía un año y medio que había entrado a trabajar, que estudia Edición y Filo en Puán, que trabaja porque si no tendría que morfarse el título y prefería, sencillamente, tener que metérselo en el culo. Que lo suyo es puramente vocacional, que tiene un hermano abogado, que es la oveja negra de la familia (“eso quisieras, bebé” pensó ella cuando lo escuchó), que en agosto cumple 28.

-…entonces, como ya pegamos onda en Unione, estuvimos todo el año pasado tocando, ponele, cada dos meses ahí…

Luciana sabe cuándo tiene las riendas y con cuánta firmeza. Siempre. No le importa el hecho de que le da órdenes de lunes a viernes a su presa, porque le hace saber que lo pone en pie de igualdad al llevarlo a su casa; al decirle con su lenguaje corporal -que es lo más universal que le permite su cuerpo-, que es la casa de ella y que juega de local pero que, a la vez, es su propia boca de lobo. Que él es su tierno pedazo de carne, pero que también puede hacer de ella su plato dulce, salado o picante hasta el escozor, lo que vos quieras, como vos quieras; para comer con parsimonia, masticar con soberbia sensual, descarada, pornográfica. Siempre negando el lujo de la palabra, claro. Hoy puedo ser tu chica, le decía todo el tiempo. Sin palabras de por medio, las palabras estaban hechas entonces para decir estupideces. Hoy quiero ser tu chica, hasta podés pasarle un pedazo de pan a la bandeja. Podría calentarte con solo sacarme los tacos y caminar descalza por la casa. Pero hacía rato que apenas emitía sonido. “¿Tomás una cerveza?” fue su forma de tocar la campanita. “¿Fumamos?”. Así, llevaba el timón con una mano, mientras la otra le acercaba, cada tanto, una pitada a su mirada, cada vez más profunda y filosa.

-…ahí es otra onda. Una trova medio candombeada. Ahora tocamos bastante seguido en el Carlos Gardel.  Buena onda, ni en pedo pensaba que iba a terminar hablando de esto con vos, je.

“je”. Y yo tratándote de calzar el disfraz de lobo. Pero me querés perra, se ve. Bueno, a ver si me bancás livianita:

-¿Puedo ir a verte?
-Jaja, ¡Por supuesto que podés! …jaja… el domingo que viene tocamos ahí. ¡Venite!
-¿Le contarías a los chicos de la oficina?
-¡No! Jaja… bueno… ¡Cómo salté! –repuso al notar las cejas arqueadas de Luciana.- Jajaja… no, bueno, si no querés.
-¿Y si voy sola? ¿Les vas a decir que fui sola?
-¡No! Bueno, no porque no voy a decir nada… ¡jajaja! Sos guacha eh…
-¿Cómo?
-¡No! ¡Perdón! Entré en confianza, jajaja. Perdoname.
-Te estoy jodiendo, bobo. Acá no soy tu jefa, entrá en confianza nomás- y le tiró un guiño que transgredía toda esa escena que parecía montar solo para poner más y más nervioso al pobrecito.
-Sí, ya sé. – mintió.
-¿Y qué hacen cuándo terminan de tocar? ¿Hay fiesta? ¿Me invitarías?- reencauzó mientras aguaba con una risa corta y calculada un palo que prefería dejar ambiguo. Después de todo, acababa de asustarlo con su chapa de “soy tu superior”.

Aunque sea un poco de miedo te va a costar, le parpadeaba cada tanto; y, mientras el otro hablaba, ella dejaba de dar bola para empezar a recordar los pasos que condujeron al pibe a su territorio. Se acordaba de cuando su rigidez y dureza de trato eran solo cuestiones de jerarquía laboral. Hacía rato que estaba fumada pero tenía el autocontrol y las riendas en su mano con una firmeza que le permitía decidir que ya era momento de incorporar el propio calor a la seducción. Pensaba que ya no era conveniente que fuera un acto deliberadamente frío. No le gustaba encontrarse, de pronto, sorprendida por la excitación, aunque fuera mutua (en este caso, sobradamente). Tan artesanal su estrategia, esos imprevistos la colocaban en una posición de inferioridad que, aunque inadvertida para el mundo exterior, debilitaba un orgullo que nunca estaba dispuesta a resignar. Ya fue, si ya estoy caliente, se resignó y eso activaba su mirada como un arma que apuntaba a ambas direcciones, seduciendo y a la vez alimentándose de su objeto de seducción. Paradójicamente, eligió esta vez alimentar su excitación recordando cuando, en efecto, fue sorprendida. Cuando la naturaleza de su rigor empezó a mutar lentamente de laboral a sexual. Cuando satisfacía algo mucho más profundo que su ego al mandarlo a sacarle fotocopias; cuando le daba explicaciones inútiles sosteniéndole una mirada voraz y le preguntaba qué es lo que estaba mirando, por qué no le estaba prestando atención; cuando se dio cuenta de que por fin le calentaba que alguien le mirara las piernas en la oficina; que por fin le calentaba alguien en esa oficina de mierda, de que le calentaba siempre y cada vez que lo veía y cada vez que le hablaba y cada vez que lo retaba o le daba órdenes o lo humillaba o finalmente la hacía reir y por lo tanto sentir el pudor de quien es puesto en evidencia. Le calentaba intimidarlo, imaginar cuán violentamente se la cojía el muchacho en su cabeza; le calentaba ser sorprendida por una risa provocada por él, avergonzarse y ponerse dura: todo eso despertaba sus instintos primarios. También la excitaba recordar ese mismo día pero a la tarde, cuando la risa, cada vez más frecuente, desaparecía como amordazada pero dejaba una sonrisa que terminaba endulzando directivas y correcciones; cuando la buena onda tenía más cintura y hombros que ella misma y ya no se dejaba ocultar y a su ego solo le quedaba, como estocada final, tomar la delantera y que su boca de lobo sea su casa y no la del caballero allí presente; cuando su ego se sintió obligado a gritar, corrido por un cronómetro que no eran más que sus propios ojos que, aunque con la persistencia de siempre, de a poco pasaban de ser lascivos a tiernos. Ya estaba obligada a dar el primer paso.
Pero nunca perdió el control. El timón seguía siendo dirigido, después de todo, por una mano delgada pero fría.

-…dos. No, tres veces. No mucho más. Las minas entran a cualquier edad, pero yo hasta cumplir los 18 no pude entrar más de dos o tres veces. Pero es porque tengo cara de pendejo. Hace un par de meses fui un sábado a Pinar de Rocha. Bueno, los sábados es para mayores de 25.
-Lo sé.
-Bueno, me pidieron documento.
-No me digas.

Le miraba las manos jugando nerviosamente con una servilleta y las imaginaba presionando su cintura, una a cada lado. Luciana había pasado de recordar a la mera fantasía: el tacto de su piel y su musculatura, el tacto que ella imaginaba que él imaginaba de su propio cuerpo; la textura de una barba que empezó a crecer ese viernes y que no se afeitaría hasta el lunes a la mañana; la textura que ella creía que él imaginaba de su propio rostro, tan acostumbrado a verlo inexpresivo y severo; se estimulaba imaginando que él fantaseaba con ese contraste entre su recio semblante y la suavidad femenina de su cara. Así, proyectaba en aquel la excitación que le provocaba su propio contraste: se dejaba ensalsar por el erotismo que su delgada existencia de un metro cincuenta emanaba en forma de un carisma implacable que los seducía a ambos. Le encantaba pensar en que se iba a dejar poseer de la forma en que los más bajos instintos de ese tímido pibe dictaran; en que le iba a permitir tomarse su revancha, entregarse como un pedazo de carne, recibir su merecido. Pensar que entre este par de piernas flacas te perderías como un chico. Pensar que ni escucharme gemir te haría recordar que sos ese hombre que me hace tragar saliva con la misma garganta con la que te digo que sos un inútil. Dale, mejor sacame dos juegos de fotocopias. Rápido. Calentate. Te pasaste casi diez minutos tu horario de almuerzo. Seguí cautivándome. Rápido. Esto está mal redactado, hacelo de nuevo. No dejes de mirarme así. ¿Qué mirás? ¿No estás prestando atención? No pares. Rápido. Mal, hacelo de nuevo. Cojeme. Sacate las ganas, dale. Así. Rápido. Así.
Miró la hora en el celular. 23.46. Casi noche de viernes.

-Vení, acompañame. Tengo algo que mostrarte.