lunes, 13 de agosto de 2012

Juego

Y ahora que estoy acá, acurrucado en el piso, deseando que la oscuridad no deje de abrazarme, que no me abandone definitivamente, sí, es ahora cuando se me vienen todos estos recuerdos a la mente. "Eso no es blanco. Es más oscuro. Se llama Mate." repetía, ya de memoria, al que estuviera compartiendo mi pupitre en el momento en el que se me ocurría explicar por qué era mi color favorito. "El blanco no es como el rojo o el azul. Esos son colores tibios, no son puros, los podés apreciar en un pedazo de papel creppe. Hay mil tipos de azul, de verde, de amarillo. El blanco es uno solo, es absoluto. El blanco de verdad te quema los ojos". Las primeras veces intentaba hacerles entender a mis compañeros de secundaria de qué hablaba. Realmente quería que captaran mi punto. El blanco es un color tan puro que los ojos no lo resisten. Ni siquiera es un color. Es luz. Luz. Eso no es blanco. Tiene sombra. Tiene una mancha acá. Tiene relieve. Eso es un gris muy claro. El blanco te quema los ojos. La charla solía terminar cuando me mostraban una hoja de carpeta y desdeñaban con el dedo índice toda mi fantasía; cuando en ese acto de displicencia se limpiaban la atención que, después de largos minutos de recreo o de no prestar atención a la clase, conseguía embadurnarles con mi parloteo que tenía mucho más de oda que de explicación de leyes físicas elementales. Es un color acromático, de claridad máxima y de oscuridad nula, que se percibe como consecuencia de la fotorrecepción de una luz intensa constituída por todas las longitudes de onda del espectro visible, por tres longitudes de onda (larga, media y corta) o por dos longitudes de onda complementarias. Eso los hubiera aburrido tanto a ellos como a mí. Al final, la costumbre y el escepticismo apoético terminaron por reducir mis calurosas disertaciones a un soliloquio autista, más orientado a masturbar mi imaginación que a convencer al otro de que no, no es tan simple como esa hoja que me señalás con tanta sorna barata.
Nunca el silencio me cobijó con tanta piedad como ahora. El silencio y la oscuridad. Paso los dedos por el piso y siento el frío en las yemas. Me gusta, a esta altura, pensar que se trata de un juego. Una partida hija de la paradoja, una ironía hermosa y fatal. Me gusta y me consuela tocar el piso mientras recuerdo momentos de una adolescencia tan pasada y que a su vez me deslizan, como por un tobogán, a días todavía más pisados, nunca tan añorados como ahora. Hoy el presente es resignarse a ver, pasivo, cómo los segundos se van, se van, se van.
Tenía siete años cuando nos mudamos a esta casa. Recuerdo que nada me había llamado tanto la atención como el piso de porcelanato de esta, mi habitación. Negro como el negro de verdad no puede ser nunca. Casi negro, pero qué magia tan simple y tan matemática pura, dos más dos son cuatro, pero qué delicia me embargaba cuando estaba acostado, tan a oscuras como ahora, y mamá cortaba al medio ese negro tan visceral para entrar presurosa, ponerme la vianda en la mochila, y casi huir de ahí a hurtadillas. Blanco. El tubo del pasillo disparaba un paralelogramo que se estrellaba contra el suelo y el blanco me hacía pensar en el impacto que sentía cuando me tiraba de panza a la pelopincho. Ese golpe. El blanco era eso. Un panzazo que quemaba los ojos. La sencillez del encanto es lo que abruma. El placer casi masoquista de saber que tu cuerpo y tu mente son granos de arroz frente a la más simple manifestación de algo que entendemos como física, existencia, universo y otros rótulos detrás de los cuales escondemos nuestra infinita incomprensión, nuestra ignorancia sobre algo que nos supera y que es ni más ni menos que todo lo que nos rodea. Eso es lo que yo trataba de decir cuando me señalaban una hoja de carpeta color mate.
Hoy la metafísica es mi último refugio. Ahora no tengo más que aquellas palabras y el instinto conservatorio, el deseo egoísta, paliativo, de que el juego siga. De que el blanco de verdad sea mi tesoro final, que no salga de mi cabeza, que la oscuridad no deje de abrazarme. Que el silencio no me abandone. Que siga envolviendo mi cuarto, mi mundo, mi todo que es, ahora, lo único que tengo, lo que me rodea y lo que seguiré sin comprender. Que el silencio penetre mi cabeza de una vez. Que me invada y apague por fin todo el espectáculo que lo precedió. Que sofoque los gritos de horror, los golpes, la sangre, las corridas infructuosas, los quejidos de muerte, los por favor, los pedidos de compasión que todavía, con sus ecos, resquebrajan mi lucidez, me estremecen las tripas, me sacuden el cuerpo con furia sanguínea. Que lo abarque todo. Que sea fuerte y porfiado. Que el juego siga, que el silencio no sea troquelado por pasos allá afuera. Que la oscuridad y el silencio sigan enredándose orgiásticamente frente a mis ojos ciegos, desencajados, refugiados en un blanco que es mi tesoro interior. Sería tan aterradoramente precioso mi final si se dibujara ese rectángulo de blanco puro en mi cuarto, ese espacio que entonces la ironía aprovecharía para mostrar su perfección inexorable, el reflector bajo el cual se desnudaría, tan ansiosa de mostrarme su belleza definitiva, sus curvas filosas, su sensualidad irresistible y mortal.
Cruje el picaporte.

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