lunes, 11 de junio de 2012

Rojo

Sol. Nombre propio, tres letras, estrella. Lo único cierto. Lo que sentía entonces, lo que mi cuerpo sufría, lo que me hacía temblar de calor. Lo primario, lo que dejaba fuera de foco todo lo que había en mi cabeza. Lo que cambiaba ideas por Sol, recuerdos por Sol, éxtasis por Sol, culpa por Sol. Ello por Sol, Super yo por Sol. Lo que me mantenía despierto, lo que no me dejaba abrir los ojos, lo que me hacía ver rojo. Rojo. Solo rojo. Sabía que abriendo los ojos no iba a dejar de ver solo rojo. Y el sol, que no se ve, sino que se me presenta como una perforación a la vista. Un agujero en medio del paisaje, un punto de calor indescriptible, de fuego que quema hasta los colores, que se impone en mi paisaje como una ausencia. Una quemadura de pucho en la foto.
En algún momento accedí a despertarme. La tarde era muy cálida, los chicos corrían, las minas fumaban porro tiradas en el pasto y tomaban mate, los pibes tocaban la guitarra y cantaban. Mis lagañas me molestaban como nunca, el gusto a alcohol en la boca me daba un asco profundo, sanguíneo, y me impedía tragar saliva. Mi cabeza latía y algo adentro daba vueltas sin parar. Como los chicos que corren por el parque. Había un Sol del carajo, tenía una sed del carajo. De a poco, volví a dominar conceptos como domingo, parque, yo. Anoche, Nadia, rojo. Cuando me acordé de Nadia deseé que mi mente vuelva a ese estado etílico en el que se entretenía babeante, haciendo malabares con sensaciones primarias como Sol, calor, sueño, resaca, lagañas y ese gusto horrible en la boca. Me senté en el pasto y encendí un cigarrillo. La primera pitada me mareó y me hizo apagarlo.

La noche anterior había llegado -tarde- a Pueyrredón y Las Heras y ella ya estaba sentada en un banco, mirando de acá para allá, estirando el cuello, buscándome. Tenía el pelo planchado, llevaba una camisa celeste, jeans negros ajustados y unas chatitas que hacían juego con el resto. A medida que me iba acercando la iba describiendo con los ojos. De arriba a abajo, su cuerpo, su rostro: quería llegar a sus ojos marrones casi negros, al detalle de su piel; quería ver sus rubores, su maquillaje, distinguir si se había puesto sombra o rimmel o cualquier otro de esos menesteres de los que poco entiendo pero qué linda que sos loca. Pero todavía estaba un poco lejos, solo distinguía su figura (qué armónica sos) y su pelo, más lacio que nunca, más lacio que en la oficina, donde ya la veía hermosa.Cuando me vio cruzando al trote la plaza sonrió, se paró y vino a mi encuentro. Nos dimos un abrazo, yo le di un perdón por la tardanza, no pasa nada, estoy todo agitado, soy un tarado. Me separé de ella apenas lo suficiente para verle la cara y sus ojos inmensos y negros como siempre, apenas un poco de delineador, algo de rubor, tan diáfana que tuve que mirar para otro lado, supongo que porque mi expresión derrochaba bobera.

Al lado mío, a medio metro, hay un árbol. Por mi posición deduzco que cuando me dormí no solo era de día y el Sol ya estaba denso, sino que la copa daba una sombra que ahora está bastante más al este. Me meto la mano en el bolsillo del saco. Me alivia palpar el celular, el documento, algo de plata, llaves. Saco el teléfono y miro la hora: 15.30. El puestito de gasesosas y panchos está tan lejos. A mi lado hay un cartón vacío de Arizu tinto. 

A Nadia le cayeron bien mis amigos. Era lo suficientemente extrovertida como para sacarles charla pero sin separarse de mi lado y siguiéndome cuando me paraba a charlar con alguien o para salir al balcón a fumar. La noche iba bien, la heladera se abría y se cerraba, salían botellas de cerveza, salían y volvían a entrar Cocas, algún Speed y a medida que llegaba gente entraban al freezer botellas envueltas en bolsas de Coto. Estaba preciosa, no sé si lo dije ya. Escuchaba todas las estupideces que le decía con una sonrisa tierna, matadora, con todos los dientes; me regalaba miradas brillantes, enormes, cuando nos quedábamos en silencio; me tendía un hilo de seda con los ojos en los breves ratos en que estábamos separados. Me dijo que la próxima vez me tocaría a mí conocer a sus amigas y seguirla embobado a donde fuera por no conocer a nadie. Embobado, repetí, saboreé la confirmación, el ok, el está todo bien, el sonrío para vos, el me encanta que te encante. Nos dimos un beso suave, recorrimos con una parsimonia narcótica ese mundo que era su lengua, su aliento, sus tetas respirando contra mi pecho, ese mundo que encerraba todo eso pero que, sintéticamente, empezaba y terminaba en sus comisuras. Al menos mi mundo era eso. El de ella no sé, capaz que fue un beso más. Pero mientras me besaba me acariciaba la quijada como si sostuviera un corazón de porcelana, you know.

El puesto de panchos y gaseosas está tan lejos, puta madre. No quiero pararme, son veinte segundos pero no quiero pararme. Es como si dejara mi suerte abandonada a su ídem si me parara, no quiero. No aguanto más este gusto en la boca, voy a morir.
Ya está, mi suerte está fatalmente predestinada. Pero igual que antes. Y yo con una Coca de 600 en la mano. Ahora sí empieza mi día, ahora el estofado turbulento en mi estómago tiene gaseosa y puedo pensar, puedo fumar. Ahora el cigarrillo sabe bien, ahora puedo pitar y exhalar humo mirando al cielo. Ahora puedo pensar. Sol, qué lindo es el Sol.

Solo esperaba que Nadia no se diera cuenta de lo estúpido que estaba. Laabracétodalanoche. Rojo. Me pregunto en qué estaba pensando cuando, en mi afán de acorazarme, nos entregué al vicio y la guarangada, a la risa desfachatada, a los litros de alcohol, a las manos curiosas. Me pregunto cuánto de su buena predisposición al chiste fácil y al chupón en el cuello, cuánto de su ímpetu linyera, cuánto de su tambaleo y de su quiebre final eran verdaderos, cuánto de eso era un simple boleto para seguirme el tren, cuánto de eso eran solo escalones descendentes, pasos recorriendo zigzagueantes un círculo vicioso, sucio de vino y vómito. Me golpeo en la cabeza y trato de conciliar su semblante de ángel que toma cerveza en vaso y vino en copa y hace el amor en una cama tendida con ropa doblada en una esquina y apuntes subrayados en el escritorio; trato de compatibilizar todo ese mundo de clase media con olor a sahumerio de lavanda y besos con gusto a Colgate y lágrimas sin alcohol con el rapto desencajado de una noche que borra todo eso y te pinta la visión con un algodón manchado en témpera y te llena la garganta de inconsciente mareado entre eructos y vagabundeos sin sentido y besos con una sexualidad depredadora y manoseos ahogados en celo puro y espeso como alquitrán. Cuánto de todo eso esperaba de mí, cuánto es sacrificio, cuánto es desencanto. Me golpeo la cabeza contra el tronco del árbol que hace horas que no me da sombra y miro con asco el cartón vacío de Arizu tinto y adentro mío todo grita que no tenía que ser así. Que la corrompí, que el egoísmo es tirano y hace que me encante también así de lumpen como la supe transformar y que no está bien. Que dormir en su regazo solo puede describirse con esas palabras pero no tiene que ser así. Que el linyera soy yo, que el que tiene que despertarse en Parque Las Heras con un gusto horrible en la boca soy yo. Que dormir a la intemperie sintiendo su respiración contra mi oído es un lujo que insulta al equilibrio del universo. Que es una figura de porcelana perdida en el pasto. Que no tiene que pasar, que una muñeca de cera no duerme en el pasto. Que Nadia es otra cosa, que tiene que despertarse en su casa y desperezarse y subir la persiana y caminar en patas al baño en lugar de abrir los ojos sin separar la cabeza del pasto y mirarme con sus ojos enormes y sonreírme y estirar el brazo para enlazarme.

3 comentarios:

Cielo dijo...

Nadie la obligó, o si? Vos imaginaste un mundo en su boca, pero ella se metió. Directamente.
Como en la boca del lobo.
Qué bonito.

Anónimo dijo...

You're right, woman

Anónimo dijo...

Mira que te hizo escribir Nadia, eh?
Veo que el estado etilico es una constante en tu pluma.
jotace