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jueves, 9 de julio de 2009

préstamo

no siempre las propias palabras son las mejores. las más de las veces, por lo menos en mi caso, no.
asique, me tomo el atrevimiento de tomar prestadas algunas de un artista vecino. las necesitaba, y no encontraba las mías.
permiso jorge, y gracias.


Tu beso se hizo calor,
Luego el calor, movimiento,
Luego gota de sudor
Que se hizo vapor, luego viento
Que en un rincón de la rioja
Movió el aspa de un molino
Mientras se pisaba el vino
Que bebió tu boca roja.

Tu boca roja en la mía,
La copa que gira en mi mano,
Y mientras el vino caía
Supe que de algún lejano
Rincón de otra galaxia,
El amor que me darías,
Transformado, volvería
Un día a darte las gracias.

Cada uno da lo que recibe
Y luego recibe lo que da,
Nada es más simple,
No hay otra norma:
Nada se pierde,
Todo se transforma.

El vino que pagué yo,
Con aquel euro italiano
Que había estado en un vagón
Antes de estar en mi mano,
Y antes de eso en torino,
Y antes de torino, en prato,
Donde hicieron mi zapato
Sobre el que caería el vino.

Zapato que en unas horas
Buscaré bajo tu cama
Con las luces de la aurora,
Junto a tus sandalias planas
Que compraste aquella vez
En salvador de bahía,
Donde a otro diste el amor
Que hoy yo te devolvería

martes, 10 de marzo de 2009

Secándose al sol 2da parte

Asique tomó algunos mates más. Ya cansados los dos, Ernesto y el mate.

Miró el almanaque quien le indicaba que debía ya ir al banco a cobrar la pensión correspondiente por su viudez.

Era imposible, no podía evitar durante las 17 cuadras que lo separaban del banco recordar esa fuertísima y devastadora escena que le marcó el antes y el después más triste que podría haberse imaginado nunca.

Esas cuadras que Ernesto caminaba hacia el banco eran las mismas últimas cuadras que recorrieron su esposa y su hijita de 10 años.

Estaban yendo al centro para tomar el tren y encontrarse con él. Iban a festejar el cumpleaños número diez de Milagros, y a celebrar el ya casi confirmado ascenso que le iban a dar a Ernesto en la fábrica. Se lo merecía, realmente se lo merecía, tanto él como sus patrones lo sabían. Él no se animaba a pedirlo, y ellos no estaban interesados en reconocerle ningún mérito. Pero al final, después de tanto tiempo le prometieron que en dos meses, cuando pase el período de baja producción, él iba a ser encargado de planta, por lo que le iban a a reducir el horario de trabajo, y le iban a aumentar el sueldo.

Ernesto no cabía en sí de la emoción. Quería compartirlo cuanto antes con sus dos amores. Pidió el teléfono prestado en la fábrica, y la llamó a la Negra. No quería contárselo por teléfono, quería llevarlas a comer al mejor restaurant del barrio y contarles que por fin, tantos años de esfuerzo, estaban dando sus frutos. Se imaginaba la emoción de la Negra, con sus ojazos de gato pardo, oscuros y húmedos de lágrimas, y la Mili, blanquita como el papá y los ojos pardos y profundos como los de la mamá... una reinita con las manitos siempre llenas de pinturitas... un ángel con alpargatas.

Y así, pidió el teléfono, llamo a su casa y les pidió de encontrarse, que lo pasen a buscar por el trabajo. Esa desdichada propuesta de que lo pasen a buscar, de querer que todos sus compañeros de trabajos vean que hermosas mujeres tiene al lado.

¿Pero que sabía él? Que en realidad el encuentro era con el destino infame que hizo que se cruzara en el camino de sus dos ángeles un desgraciado con demasiada carga de alcohol en sangre, frenos en mal estado, un registro vencido y muy poco respeto por la vida ajena.

martes, 6 de enero de 2009

Foto sín título


“La ciudad se constituye cuando la gente experimenta la sensación de habitarla.”


Es esta la ciudad que me gusta. No la de las luces de neón ni la de los teatros de revistas. Tampoco la de los transportes atiborrados de gente, las avenidas llenas de autos y bocinazos, las veredas llenas de transeúntes, las alturas llenas de gigantografías... Las miradas llenas de nada.

Me gusta la calle que se hace transitar, la que no es sólo una vía de acceso. La calle en la que uno puede pensarse como parte de ella. Me gustan esas veredas que el simple hecho de caminarlas deja de ser algo meramente circunstancial, deja de ser la parte insulsa del recorrido, y comienza a ser el paseo mismo.

Me gusta la ciudad con energía, no con electricidad.

En ese momento, la ciudad era nuestra, nos invitaba a que la recorriésemos y tapásemos todas sus arterias. Nos pedía que la abrazáramos de todas partes. Disfrutaba de los masajes que le ofrecíamos con nuestros miles de pies por sobre sus calles. Capaz cansada ya de escuchar solo quejas, ruidos, bocinas y puteadas, ella se alegraba con nuestras canciones. Se estremecía con cada aplauso y se nutría con nuestra vida. No era la primera vez que muchas bicicletas recorrían sus calles, pero estas bicicletas, todas estas bicicletas, le hacían unas cosquillas divertidas.

Y aunque muchos de quienes nos miraban sentían que no estábamos en su ciudad, nosotros sabíamos que eran ellos quienes no compartían nuestro espacio. La ciudad es de quien la tome para sí. Y en ese momento la ciudad era nuestra, porque así queríamos que fuese, y así quería ella que fuese también. No sé cómo, pero nos dimos cuenta de que la ciudad antes de que la manden a dormir sin haberle compartido ninguna emoción prefiere que la mantengan así despierta.

La ciudad pide a gritos que la ayuden a mantenerse viva. Y nosotros, aunque sea por ese ratito, le dimos el gusto.

lunes, 5 de enero de 2009

Sin título, parte II.

¿Decidís? No, no decidís. Sentís como te clava la mirada. Como te agarra la mano, suplicante. También recordás el poder que te genera tenerla a ella adentro. La supremacía de la que formás parte entrando en su mundo.
No. No decidís. Las almendras, brillosas ya, siguen ahí. Al igual que esa línea cortando el negro de la mesa.
Su atmósfera de primavera melancólica te atrae. Tus músculos se aflojan, tu semblante se ilumina como en primavera, pero de las otras primaveras. La que enciende tus fronteras vitales, las que hacen florecer tu alma, ennegrecida por el smog mundano de la vida en una ciudad ahora ajena de emociones volátiles (…) que tiñeron por un escurridizo minuto, de color luz. Tu esencia deliraba por tu cielos cuando su vos te sentenció para el resto de tu sufrida existencia.
-Me cansé. No quiero esto para vos. No quiero esto para mí. Decidís vos, y decidís ahora.
Eso te dijo. Y decidiste.
Viste como se iba la mitad de tu alma. Y no hiciste nada. Viste como te partía en dos e hiciste nada.
Te alejaste del respaldo y te acercaste a la mesa. Cuando te incorporaste, la línea negra que cortaba el negro de la mesa había desaparecido.
Solo quedaría en vos esa vacía sensación de supremacía blancuzca.

viernes, 2 de enero de 2009

Felicidad y redención en el piso 14

La desesperación lo invadía, cómo hacía años. Necesitaba terminar con esto lo más rápido posible.
Entró al monumental edificio. Treinta y cuatro descansos lo separaban de su objetivo final. Subió corriendo hasta el piso diecisiete. Llegó al balcón. Se asomó y vio la ciudad atestada de gente, rostros indiferentes, ajenos, mediocres. Asqueado se dejó caer.
Reconoció el viento dentro de sus pulmones. A la altura del piso catorce, encontró entre la gente que ya se había parado para verlo caer, una sonrisa nerviosa y bella que le perseguía la mirada, tratando con ese simple movimiento de labios de evitar el impacto ya inevitable.
Y él sintió cómo, por medio de ese gesto, la vida le sonreía seguramente por primera y última vez.

martes, 30 de diciembre de 2008

Secándose al sol




Secándose al sol

El primer mate arrancó fuerte, como siempre. Ernesto al igual que todos los días, agarró los clasificados. Cada vez menos páginas, las letras cada vez más pequeñas y los ojos cada vez más cansados de madrugar para salir a buscar el diario. Los avisos marcados eran cada vez menos. Los largos y numerosos inviernos que había pasado trabajando en el galpón poco le importaban ya al mercado en que buscaba reinsertarse. Si ahora con solo veinticinco primaveras cualquiera está apto para ocupar el puesto de trabajo que Ernesto había conseguido con el esfuerzo de largos años.
La empresa en la que trabajaba se había declarado en quiebra hacía ya dos años. Y pese al afán de sus trabajadores de recuperar la fábrica y formar una cooperativa, de un día para otro el galpón apareció vacío. Se habían vendido las máquinas. Todas las máquinas. Nada pudieron hacer. De la indemnización que le correspondía había recibido menos del quince por ciento. Y aunque su abogado decía que los juicios laborales siempre se ganan, Ernesto ya había perdido todas las esperanzas
Sobrevivía con la mísera pensión que le había dejado la muerte de su esposa. Y aunque era el único ingreso que tenía, cada vez que lo iba a cobrar al banco pensaba en ella
- Ay, negrita... no sabés como hubiese preferido tenerte conmigo y morirnos de hambre juntos, antes que subsistir con esta guita roñosa estando solo…

Esa mañana, al igual que todas las anteriores, encontró pocas ofertas de trabajo. Y aunque en todas su edad superaba ampliamente la requerida por los anunciantes decidió ir a probar suerte.
Puso a calentar un poco más de agua, para seguir con el mate un rato más.
El mate amargo que lo acompañaba fiel e incondicionalmente todas las mañanas, al igual que sus esperanzas, empezó a cansarse, y se lavó. Ernesto no hizo nada para arreglarlo. Sacó la pava del fuego y siguió tomando.
Eran tiempos difíciles. No podía darse el lujo de renovar la yerba.